Grupo Esperanza

Este es un grupo para pacientes oncológicos , que funciona en el C.E.R.I.M. Centro de Radiología Mamaria Ubicado en Azcuenaga 970 1er piso (Buenos aires CABA) los jueves de 12 a 14hs ….(leer Quienes somos)

Mayra Sánchez (41).Es la autora del libro Puto cáncer.

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Mayra Sánchez (41) vive para contar su historia. Y para escribirla. Es la autora del libro Puto cáncer. Con reconocible humor cordobés, sin eufemismos, recuerda cómo atravesó y superó la enfermedad.

 

Mayra Sánchez (41) vive para contar su historia. Y para escribirla. Es la autora del libro Puto cáncer.

Especial para Mujer – 28/06/13 – 10:03

Humor desopilante. Seguramente, a priori, la idea no encaja con la historia protagonizada por la cordobesa Mayra Sánchez (41), pero así es como ella la cuenta, sin preocuparse por “las formas” y sin ahorrar carcajadas al soltar ese relato que no se cansa de repetir y en el que coinciden la pasión, las ganas de vivir y el coraje.

El libro que Mayra escribió (Editorial Raíz de Dos) tiene un título directo. Se llama “Puto cáncer”. A secas. Y con ese énfasis del título afrontó la charla con Mujer: “Me llamo Mayra, que en latín quiere decir ‘maravillosa’. El error estuvo en creérmelo. Sentí que podía todo y la vida me demostró que, de maravillosa, solo tengo el nombre. Soy un despelote viviente. Estudié psicología, recursos humanos, políticas públicas, políticas de empleo y salud comunitaria. Ahora empecé un posgrado de nuevas tecnologías. Nunca supe si estudio para saber o para decir que sé. Muchas veces me gusta alardear… Una de mis pasiones son los animales. Milito por sus derechos, tengo un canil con perritos callejeros y he tenido jaurías dentro del dormitorio. Casi nunca me aburro; me aburren las rutinas. No tengo días iguales. Una sola vez laburé en una sola cosa con un contrato full life: durante dos años seguidos trabajé de enferma oncológica”.

Libro en mano

“Quiero escribir para compartir y no para dar clase de autoayuda” dice mientras hojea “su obra”, un relato descarnado -descarado, lleno de ironía- que aceptó repasar en voz alta. Mayra superó un cáncer de intestino que le diagnosticaron a los 35 años. “No me preocupé demasiado cuando noté que iba al baño con sangre y seguí con mi recorrida semanal de dos mil kilómetros a bordo de mi viejo auto, trabajando de sol a sol. Andaba como la Mona Jiménez en sus años de pobre. Lunes, Villa María; martes, San Francisco; miércoles Ramallo, Junín o San Nicolás… Odio ir al médico y me encanta jugar a la curandera o sea que me colgué de los delirios macrobióticos y naturistas, hice una patética investigación googleada y wikipediada y adjudiqué el síntoma a las hemorroides. Eso fue por noviembre de 2007”.

Cuando duele el orgullo

Una noche, su amiga Mercedes, “una matasanos graduada” le dijo sin anestesia: ‘En tu familia, con tu viejo zafando del tercer cáncer asociado al sistema digestivo, quizá tengas un tumor’. Un gastroenterólogo la revisó y habló de un ‘polipito’. “Y le largué la carcajada: poli siempre suena a muchos y pitos mejor no les cuento… ¡Se habla del problemita, del tumorcito! Me indicó una colonoscopia y biopsias. Llamé a mi mamá, ella le pasó el tubo a mi papá, médico, macho y argentino. Quedate tranquila y hacé otra consulta, me dijo. Pero no hice caso. Tenía amigos, una gran familia, mucho laburo y buenos ingresos en un organismo internacional; también un trabajo en la facultad donde cobraba chirolas pero con una obra social de puta madre; tenía a mis perros que dormían adentro de casa: Huinca, Manca, Bartolo y Bono, y a mi gata chiflada, Doña Gómez, lamiéndome con su lengua rasposa. Mi vieja se vino de Villa Dolores para ayudarme. Ella es una mujer que puede soportar asquerosidades: fue bioquímica. La cámara de video de la colonoscopia solo entró un poquito porque el tumor trababa y hubo que hacer un colon por enema. Al día siguiente me acostaron sobre una mesa de metal en ele y en un descuido, sin forro y con vaselina me metieron una manguera en el culo. ¡Eran tres litros de una especie de crema cosmética! La tortura terminó y pude correr al baño a explotar. Me dolía la panza. Me dolía el orgullo”.

El cimbronazo 

Mayra, casada y divorciada tantas veces que no recuerda, se declara adicta a hacer catarsis por Facebook y enamorada eterna de Serrat y Sabina y fue a verlos en “Dos pájaros de un tiro”. Dice que la melodía y las letras le curan el dolor, que es atea pero que Santa Cecilia siempre la acompañó con su bendita música. El día del recital se emborrachó y fumó los últimos puchos de su vida. “Me sentía como un bebe recién nacido y no quería escuchar esas pajereadas tipo ‘sos fuerte’ o ‘vos podés’. Necesitaba cosas y no sabía pedir; después aprendí”. Implacable, el diagnóstico reveló un adeno carcinoma semidiferenciado invasor en el recto: “¿Que’lo que decí?” replicó en un brote de cordobés básico. “¡Achalay, my brother! Fui a ver a un cirujano que me dio detalles: el tumor era del tamaño de un pomelo, estaba mal ubicado e infiltrado. Es decir, muy cerca del ano, con poco margen para la cirugía y pronóstico reservado, léase: muerte posible. O el riesgo de vivir con un ano contranatura. Mi primera fantasía fue en relación a la sexualidad. No quería una bolsa de caca en la panza. No podría nunca más encontrarme con alguien… Volví a casa, me tiré sobre la cama y lloré como nunca. Busqué un especialista en psico-oncología que me indicó elegir un oncólogo que ordenara el esquema previo a la cirugía. Recibiría rayos y quimioterapia simultáneos para achicar el tumor y luego operar”.

Caer, rodar, levantarse

La mujer maravilla se fue agotando. “Los nenes del barrio, mi vieja y los bichos eran las mejores compañías. Los amigos aguantaron mis abusos de humor negro. La risa me llenaba de optimismo. Siempre me he reído mucho, es un vicio de familia. La enfermedad había venido también a enseñarme a tomar vacaciones laborales. La estadística decía que no llegaría a mayo y no cumpliría un año más: pero yo planeaba mi festejo número 36. Al noveno día de tratamiento se armó el tole tole y entendí lo de los efectos adversos. Todos los días y las noches que siguieron a ése fueron una película de terror: diarreas, dolor de tripas, quemazón. La angustia era grande y la pérdida de autonomía, siniestra. No podía controlar esfínteres y no llegaba a embocar la taza del inodoro. Estaba chupada como una pasa. Dijeron que se me caería el pelo de la zona irradiada y eso me divertía: era la pelvis. Empeoraba. Para el ‘ocote’ (culo), baños de manzanilla. Por la quimio semanal, morfinas sintéticas. El cajón de la mesa de luz se vació de medias y se llenó de estampitas y pastillas. Mis amigas rezaban, pedían a Sai Baba o me mandaban mantras. Una que sabe Feng Shui me dio vuelta los muebles… hablaba con mis gatos y perros que dormían conmigo contra toda prescripción médica. Ya no podía caminar. Ser joven, con cáncer, era peor: las células se reproducían más rápido y los tumores crecían. Sin embargo, sentía que mi relativa juventud me daba fuerzas…”

La operación 

La operación fue en abril. Mayra empezó a recuperar peso. “Alternaba containers de medicamentos con un porro. Comía de a cucharaditas. Me pasaban reiki, tenía kinesiólogo, digitopunturista y quiropráctico. ¡Hasta me contactaron con los médicos del espacio!”. Y fue al quirófano: los rayos habían sido efectivos, el tumor extirpado era como una almendra, pero las lesiones obligaron a hacer una ileostomía (ano contranatura) y volverían a operarla. “Estaba en la camilla y lo vi cuando levanté las frazadas. No lo quería en mi panza, no lo quería en mi vida. La bolsa empezó a llenarse de líquido y gases. Ese ratatatata era constante”. Superó con antibióticos una primera infección. Pero se deshidrataba, perdía potasio o hierro y masa muscular. Una colección de pus entre la vejiga y el recto la mandó otra vez al quirófano. “La noche del 29 de mayo dormí intranquila. El 30 me desperté empapada: la bolsa se había salido y era mi cumpleaños. En junio me anunciaron la cesantía en mi cargo internacional. No tenía trabajo ni salud”. Por fin el cirujano quitó la bolsa: “¡Volví a usar el culo!” -grita- pero empecé con vómitos y diarreas. “-¿Cómo te hacés eso, Mayra?- me dijo el doctor. Pesás 38 kilos-. Mamá fue rotunda: -Hijita, pude acompañarte con el cáncer pero con una anorexia o una bulimia necesito internarte. Lloré mi muerte esa tarde pero jugué mi última ficha. Una psiquiatra amiga descartó ese cuadro y una tomografía develó otra colección debajo del diafragma; la punción sacó 3 kilos de pus”. Mayra estaba sin cáncer pero continuó con quimio 4 meses más. El último comprimido pudo haber sido el confite de su torta de cumpleaños número 37. “Ese día vacié el cajón de los remedios que sería otra vez el cajón de las medias. Aún me aterran los controles médicos y debo dinero que pedí prestado durante el tratamiento pero me siento felizmente viva …”

RECUADRO

Energía vital. Eso irradia Mayra Sánchez, protogonista de una novela autobiográfica que relata su  especial manera de afrontar la adversidad.

RECUADRO 2:

De puño y letra

En la presentación de “Puto cáncer” su novela autobiográfica, Mayra Sánchez explicó por qué lo escribió en clave de humor. “La idea fue recuperar aquellas cosas que aún en medio de la tragedia resultan divertidas. Yo soy de las que se ríen cuando se caen al piso y también soy de las que lloran con facilidad. El libro tiene algo de las dos cosas”. Sobre el título aclara que no se le ocurrió a ella: “Lo propuso la gente de la editorial y me pareció realmente adecuado”.

Mayra Sánchez en Facebook:

https://www.facebook.com/pages/Mayra-Sánchez/358499530929727

http://www.clarin.com/sociedad/Clarin_Mujer-vencer_al_cancer-Mayra_Sanchez_0_946105614.html

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